martes, 17 de noviembre de 2015

Una maravilla con manija

Clarin.com Sociedad 18/10/15

Una maravilla con manija

Disparador.

Por Marcelo A. Moreno mmoreno@clarin.com

La escena ya es habitual: cuatro o cinco compañeros de trabajo, en este caso de mediana edad, que comparten su almuerzo, atentos a sus celulares. Se muestran hallazgos, encuentran cosas que los divierten, mandan y reciben mensajes y conversan sobre oportunidades de consumo que les acerca la red. En realidad, ya resulta cada vez más difícil asistir a diálogos –amistosos, laborales, amorosos– que prescindan de este bendecido talismán del siglo XXI.
Ya hay más celulares que personas en el mundo. Y funcionan progresivamente como un miembro más del cuerpo, la mayor parte del tiempo como el miembro más importante, el perfecto complemento de los ojos, los oídos y el cerebro.
La idea dominante, que prevalece hasta ahora, es que Internet es gratis, es decir, el usuario paga por el soporte digital y por la conexión que recibe en él. Lo demás, todas las intrincadas y casi infinitas tramas de la Red son de acceso libre. Eso a menos que aparezca la advertencia de que para entrar en determinada página es necesario iluminar la senda con una tarjeta de crédito.
Pero la abrumadora mayoría de los internautas –cuanto más jóvenes, más rotundos– se niegan en redondo a pagar por algo que, sostienen, con búsqueda paciente pueden alcanzar sin dañar sus bolsillos. Aunque, claro, los milagros tecnológicos, en un mundo gobernado por la lógica del rédito, difícilmente terminen costando cero. La solución encontrada para financiar ese Aleph de maravillas que es la Web pareciera ser la publicidad.
No es necesario caer en la idiotez de aquellos que sostenían que las propagandas eran la poesía del siglo XX ni en la extrema aspereza del norteamericano Raymond Chandler que opinaba que la publicidad “es un negocio al lado del cual la prostitución o el tráfico de drogas me parecen respetables”. Se puede ser más neutral, aunque es cierto que la propagación de avisos en Internet, más que molesta, ya resulta peligrosamente invasiva.
Cualquiera puede ver y escuchar –de rodillas sería lo más conveniente– el concierto brindado por María Callas en el Covent Garden de Londres en 1962, sólo que antes, casi a modo de introducción, se verá obligado a oír las promesas rimbombantes del ex motonauta Scioli.
También se puede ver y escuchar en YouTube a la notabilísima mezzosoprano Cecilia Bártoli interpretando obras barrocas compuestas para ser cantadas por los tristes “castrati” aunque, para mal de todos, al principio ¡y entre pieza y pieza!, nos deberemos enterar involuntariamente sobre las presuntas virtudes de determinado yogurt, de lo fenómeno que limpia la ropa el jabón cadorna o, ¡cuando no en estos tiempos!, la oferta electoral que algún candidato pronuncia con voz discorde.
Y por ahí es cuando uno puede tomar consciencia de que los señores del negocio al fin le han encontrado la manija a la pelota.

No hay comentarios: