sábado, 21 de noviembre de 2015

La pizza está siempre lista

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En la avenida Asamblea, del 0 al 400, hay cuatro pizzerías. Todas en esquina. Todas miran al sudoeste. Una es nuevita y le han puesto un nombre hiperbólico que provoca ternura. Esa parte de Parque Chacabuco no es de las más densamente pobladas: algún edificio, un puñado de talleres o negocios y el resto son casas bajas con vecinos de años. Las ochavas prestan sus muros para que el Grupo Artístico de Boedo filetee la devoción por San Lorenzo con frescos de goles inolvidables. Pienso en los dueños de la pizzería nueva. Me pregunto qué los llevó a poner toda su esperanza comercial, con lo que significa en dinero y trabajo, en una zona donde los clientes no son tantos y la competencia es fuerte. Recuerdo lo que contó hace un tiempo en la revista Viva el chef Maurizio De Rosa: la pizza tuvo su origen en la antigua Roma como un pan sin levadura que se comía al paso en las calles intrincadas de la gran ciudad. Hay un salto temporal enorme, hasta el siglo XVII, cuando aparecen registros de su renacimiento en Nápoles, frita con grasa de cerdo, revestida de queso de oveja y albahaca. Una comida barata y popular que, al seducir a un rey Borbón, termina penetrando a la aristocracia y sofisticándose. La pizza como un maná democrático que atraviesa la historia, que tolera atropellos como el ananá y el maridaje infame del champán, un manjar rápido y fácil, maleable a cualquier paladar, listo a cualquier hora. Nunca, entonces, hay demasiadas pizzerías. Todas son necesarias, como las iglesias, que por algo también siguen en pie desde hace dos mil años.

Horacio Convertini

hconvertini@clarin.com

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