lunes, 30 de noviembre de 2015

Diálogos que viajan en taxi

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El viaje empezó normalmente. Aunque, en rigor, no tanto. Apenas abrí la puerta del taxi, un fuerte olor a café me dio la bienvenida a bordo. Extrañada, me pregunté si habrían incorporado esa fragancia a los aromatizadores para auto, lo que me parecía, al menos, curioso. El chofer, de unos 35 años, despejó rápido mis dudas. “Quise contestar el celular con el vasito de café en la mano, y mirá el desastre que hice. Me lo tiré todo encima”.
A pesar de lo enojoso de la situación, sonreía. Empezaba su turno y se lo veía de buen ánimo. “¿Viste? Estuve toda la tarde en mi casa, y el teléfono no sonó ni una vez. Salgo a trabajar, me sirvo un café, lo voy a tomar, y ahí empiezan los mensajes, los llamados...”. “Y sí, le contesto, es la famosa ley de Murphy, ¿no? Si algo puede salir mal, ya se sabe...”.
El tránsito por Libertador fluía con cierta lentitud. Lo usual en estos casos, un comentario sobre los semáforos, sobre el que cruza distraído... El celular no dejaba de emitir distintas clases de sonidos. No sé si se sintió obligado a dar alguna explicación o si, simplemente, necesitaba sacar de adentro esa carga insoportable.
“¿Sabes qué pasa?, arrancó. Hace dos días se murió mi papá, y hoy empecé a trabajar de nuevo. Todos quieren saber cómo estoy. Yo vivía con mi viejo y ahora es duro volver a casa y saber que no hay nadie”.
Me quedé sin palabras. “Saber que no hay nadie”: sentí que justo ahí, con esas palabras, donde terminaba mi viaje, estaba empezando el suyo. Su viaje iniciático. Porque no hay edad para aprender a ser huérfano.

Silvia Fesquet

sfesquet@clarin.com

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