viernes, 13 de noviembre de 2015

Acomodarse a la inflación

Horacio Pagani, pasiones argentinas

Esta historia se puede dividir en cuatro capítulos. Es antigua, podría decirse. Porque está instalada en los años 80. Pero pinta a nuestra querida Argentina en cualquier tiempo. En mi primer viaje a Las Vegas, un compañero de la redacción de Clarín me recomendó un contacto que vivía en la “ciudad del pecado” y que podría ayudarme para mi cobertura periodística de la pelea entre Muhammad Alí -ya en decadencia- y Larry Holmes, que ganaría éste con amplitud. Ruben Grinspanas se llamaba el hombre. De voz gruesa y nasal, atento. Terminó como gran amigo en mi sucesión de visitas a ese lugar. Tenía una pequeña empresa de turismo local. La primera vez que me invitó a su casa a cenar con su mujer, me preguntó tímidamente: “¿Vos cuánto ganás en la Argentina?” “Unos 4.000 dólares”, le respondí haciendo una rápida conversión. “¡¿Cuánto?!”, me dijo, sorprendido. “Vos tendrías que laburar allá y venir aquí a las noches. Serías Gardel con esa plata. Al año siguiente se repitió la escena y volvió la pregunta circunstancial: “Unos 3.000”, le dije. Y vino la tercera, varios meses después. “Debo andar en 2.000”, conté sin rubor.
En el cuarto encuentro Rubén no me preguntó. Entonces, le reclamé: “¿Por qué no me preguntás cuánto gano en la Argentina?” “No se me ocurrió, ¿cuánto ganás?”. Era la época de la hiperinflación: “Ahora estoy en 200 dólares mensuales”. Un mes más tarde lo encontré -increíblemente- en la esquina de mi casa de Almagro. “¿Qué hacés aquí?”, le requerí, asombrado. “Me compré dos departamentos para mis viejos, están regalados”.

Horacio Pagani

hpagani@clarin.com

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