jueves, 20 de noviembre de 2014

El desafío de la escuela: reconstruir la confianza

Tribuna.Gustavo F. Iaies

Lucía le pide hablar a Laura, maestra de su hija. “Me parece que no hiciste bien sancionando a todos por lo que hicieron algunos.” La mamá   de Mariana le dijo que le parecía muy bien lo que había hecho, y el papá de Nuria, que creía que había estado bien, solo que creía que hubiera sido bueno explicárselos a todos.

Laura no sabe qué pensar, algunos la apoyan, otros la cuestionan, otros toman posiciones intermedias, como en muchas de las decisiones que toma en la escuela. Piensa en sus épocas de alumna, ¿alguna vez escuchó a su mamá discutir lo que había hecho la maestra? ¿Por qué esto ocurre tan seguido? A veces, su maestra tomaba medidas duras, polémicas, pero nadie venía a plantearle el tema. ¿No tenían opinión? ¿Qué pensaban? Se le ocurre que seguramente estaban a favor o en contra, pero la idea era que los padres apoyaban a la maestra, le transmitían un mensaje de confianza: si lo hiciste, por algo será y nosotros confiamos en vos.

El problema es que muchas veces Laura no se anima a tomar decisiones, porque sabe de la oleada de opiniones diversas que se le vendrá encima, cada uno con su posición. No resiste tantos planteos, en muchos casos ni siquiera puede explicar sus acciones, simplemente le surgieron. Y cuando no decide, perjudica a los chicos.

Ella también critica las decisiones de los papás, opina como si fueran pares. ¿Qué tiene ella que meterse con el pullover que le puso la mamá de Nuria? Por algo lo habrá hecho, pero Nuria está triste, y ella le dice que también le parece poco apropiado.

Lo que desapareció es el grupo “los padres”, “los maestros”. Cada uno es cada uno, ni como los demás padres, ni lo contrario, cada uno es una individualidad, es original, tiene su propia opinión. ¿Es bueno eso? Antes, los grupos ordenaban, los padres hacían de padres y en muchos casos, contra su opinión, apoyaban decisiones porque creían que era lo que un padre debía hacer. Se aguantaban situaciones porque entendían que la maestra debía contar con ese apoyo, porque creían que les hacía bien a los chicos que actuaran así.

Sin duda, ganamos con la diversidad de opiniones, el problema es que desaparecieron los grupos, las clases, cada uno parece una totalidad de sentido, “yo” es mucho más que “nosotros”. Y es mucho más difícil convivir con un conjunto de individualidades que con un grupo, que funciona con cierta articulación, opiniones comunes.

El desafío es reconstituir la confianza, como eje de articulación de lo distinto. Podemos actuar y relacionarnos con cada papá, vecino, compañero, en lugar de hacerlo con el grupo, si confiamos, si apostamos a que hace las cosas con buena fe. La escuela necesita nuevos acuerdos, esos pactos requieren que regulemos las individualidades, que podamos construir grupos, distintos a los de antes, pero con rasgos comunes. Para educar tenemos que ver positivamente a aquellos con los que nos relacionamos, recuperar la confianza en los otros, volver a creer en lo que hacen, en lo que pueden. Ese reconocimiento nos permite estar más cerca, nos ayuda, nos vamos a sentir menos solos y va a ayudar a los chicos.

Gustavo F. Iaes, Director de la Fundación CEPP

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