viernes, 24 de febrero de 2012

Padres de 80 y más, Hijos de 60 y más

Tragedia, sainete y bendición de tener padres grandes

Por James Atlas, ESCRITOR Y EDITOR NORTEAMERICANO
Etiquetas
22/01/12 - Clarin
Una amiga llama desde el auto: “Estoy en camino a Cape Cod para esparcir las cenizas de mi madre en la bahía, su lugar favorito.” Otro, al que encuentro por la calle, me informa con pesar que acaba de “plantar” a su madre. Una tercera manda por e-mail la noticia de la muerte de su madre con la siguiente frase: “el golpe de la fatalidad”. Es raro.
¿Por qué de pronto se mueren tantas de nuestras madres? No es difícil de entender. Mis amigos tienen en la actualidad sesenta y tantos años, mientras que sus madres tienen ochenta y tantos o más de noventa. Ray Kurzweil, el autor de Cuando los seres humanos trascienden la biología , considera que estamos a punto de descubrir el secreto de la inmortalidad. Por ahora, sin embargo, lo que se impone es ir del polvo al polvo, como siempre ha pasado, madres incluidas . (La mayor parte de nuestros padres murió hace mucho. Las mujeres viven más que los hombres.) Son los que no han muerto los que deberían sorprendernos . Mi propia madre, por ejemplo, sigue yendo a escuchar a la Sinfónica de Boston y asiste a una clase semanal en Brookhaven, cerca de Boston. Escribe poemas en pentámetros yámbicos para cada ocasión. A los noventa y cuatro años, no es ninguna anomalía: en Brookhaven hay muchos nonagenarios.
Noventa es la nueva vejez . Ese número se ha casi triplicado en los últimos treinta años. Y si hoy se llega tan lejos, es posible estimar que para 2050 habrá ocho millones de personas centenarias.
¿Eso es bueno o malo? Por un lado, la red de seguridad de la vejez está muy debilitada en el mundo entero.
Luego está el tema de la calidad de vida.
¿Quién quiere terminar “sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada”, como entona Jaques en “As You Like It” ? Uno de los desafíos que enfrenta mi generación es que a muchos de nuestros padres longevos se les agota el dinero de la jubilación, lo que nos deja en situación de tener que mantenerlos . (Es una carga que también les molesta a ellos.) La atención de los ancianos es agotadora y demandante.
Las caderas fracturadas, los traslados a salas de emergencia, el pago de las cuentas y el papelerío de las prepagas exigen paciencia. Un trabajo titulado “Características de la personalidad de los hijos de personas centenarias” sugiere que ese grupo es “extrovertido, abierto, agradable y consciente”. Sin embargo, hasta a los más equilibrados les cuesta cuidar a sus padres ancianos.
A mediados de los años 80, cuando nació la idea de la “generación sandwich” - baby boomers que debían ocuparse de cuidar a sus padres ancianos al mismo tiempo que criaban a sus hijos-, parecía un problema que terminaríamos por resolver.
Veinticinco años después, seguimos en el sandwich, y algunos de quienes están en el medio sienten la presión.
¿Qué es lo bueno, entonces? El tiempo que se pasa con un padre anciano puede ofrecer una oportunidad para la resolución de “asuntos pendientes” , una oportunidad de permitirse la sinceridad. Una compañera de universidad escribe en el libro de nuestra cuadragésima reunión sobre la tarea de cuidar a su madre, una enferma crónica, y el hecho de sentirse “conmovida por la forma en que las idas y vueltas de una salud complicada y su atención han profundizado nuestra relación.” Escucho hablar mucho sobre el vínculo tardío entre padres e hijos.
Mi madre tiene que someterse a una operación menor. “Ya agoté mi tiempo”, dice mientras la trasladan en silla de ruedas a cirugía. “Además, ya estás grande para tener madre.” Gracias, mamá.
Dos semanas después, mamá llega a Vermont para recuperarse. Mi padre, que murió hace diez años, a los ochenta y siete, está enterrado en el terreno que hay detrás de nuestra casa (espero que sea legal). En la lápida de su tumba se lee: “Donald Herman Atlas 1913-2001”, y tiene grabado un epitafio de su poeta favorito, T.S Eliot: “Envejezco … Envejezco … / Llevaré los pantalones arremangados.” A mamá le gusta visitarlo en ese lugar. De pie ante la tumba de papá, monologa. “Pensaba que ya me habría reunido contigo, Donny, pero soy un hueso duro de roer.” Cuando se dirige de vuelta hacia la casa se da vuelta y saluda con la mano. “Hasta pronto”.
No tan rápido, mamá. Aún tengo cosas pendientes.
Copyright The New York Times, 2012. Traducción de Joaquín Ibarburu.

No hay comentarios: