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domingo, 21 de febrero de 2016

Aquella chica del charango

Aquella chica del charango



Son los primeros años setenta en la escuela de Danzas de Morón. Acaba de terminar la clase de Zapateo y empieza la de Instrumentos Autóctonos, cuando Ligia Aulita de Vázquez, tremenda maestra, les propone a los chicos armar un conjunto. Quena, bombo, guitarra criolla y voces tienen, pero para hacer la música del noroeste falta el charango. Ligia pone uno en manos de Adriana, de ocho años. La nena toca unos acordes y convierte ese sonar en algo similar al aleteo de un colibrí.
Luego encara con ternura y firmeza a sus padres para tener uno propio y al poco tiempo Marga y Lorenzo llegan a su casa con un charango hecho de mulita, con cuerdas de tanza que se usa para pescar. Desde entonces, Adriana se funde y se hace una con el instrumento, y se convierte en una de las charangueras más talentosas de la Argentina.
A Jaime Torres lo ve por primera vez en una tele blanco y negro y ahorra peso por peso para ir a escucharlo; sus maestros son Rolando Goldman y Toro Stafforini. La distinguen la potencia, belleza y sutileza con la que imprime de sonidos y colores el paisaje que su música atraviesa y el corazón de la audiencia. Toca acá y en la Puna, en Bolivia, México, España e Italia.
Sola o junto a unas cholas, en grupo o invitada por Divididos, pese a la resistencia de un medio de fuertes resabios machistas. Junto a ella, otras mujeres también ejecutan y componen para charango. Son pocas las charangueras, pero cada vez son más y van abriendo el camino.
Laura Haimovichi
lhaimovichi@clarin.com

sábado, 20 de febrero de 2016

La peluquería, un rito sagrado


El chiste salió en alguna revista, quizás una dominical. Se veía a un hombre sentado en el sillón de la peluquería, ya cubierto con la túnica blanca. Tijeras en mano, sonriente, el barbero le preguntaba a su cliente: “¿Cómo le corto?”. La contestación economizaba palabras y derrochaba contundencia: “Callado”. Si usted se siente identificado con la respuesta, no vaya a lo de Luigi. A esa peluquería, a metros de Cabildo al 2000 y pico, básicamente se va a hablar. O mejor dicho: a escuchar al arrendatario del local. Luigi, como su nombre sugiere, es un tano afincado del otro lado de la General Paz desde hace medio siglo.
Tiene un acento porteño con ligero toque peninsular. Sus temas favoritos de conversación son las vacaciones, la comida, la política, el fútbol y los periodistas que lo cubren. Es un tipo viajado, con parientes en su Italia natal y casado con una francesa.
En los veranos alterna entre las playas bulliciosas de Villa Gesell y la placidez de las sierras de Córdoba. Sabe cómo asar una bondiola en tiempo razonable, conoce dónde amasan los mejores fideos fierrito y está actualizado sobre los precios de los vinos ubicados en el estante superior de la góndola. La TV del comercio suele sintonizar canales deportivos. El peluquero se enoja rápido con los comentarios de algunos panelistas.
En las paredes hay enmarcados un buzo de Abbondanzieri y una camiseta de Ortega, clientes famosos del lugar. La del Burrito es una de la Selección, la única que podía aceptarle un hincha de Boca como Luigi.
Marcelo Guerrero
mguerrero@clarin.com

viernes, 19 de febrero de 2016

Las amistades de la Primaria

jueves, 18 de febrero de 2016

Leontina

Cuentos de verano


Meijina
Cada domingo llevaba un ramito de claveles blancos y buscaba la tumba con dedicación. Desde que su esposo había muerto diez años atrás, no había faltado un solo domingo al cementerio y el Día de los Muertos, después de arreglar la tumba y cambiar el agua de la jardinera, hasta iba a la Misa que daban en la capilla. El psiquiatra que la atendía le había recomendado que olvide y también que perdone. Conocía al Dr. Borodin desde hacía tantos años que al final parecía que ella lo atendía a él y no él a ella.
Claro que el Dr. Borodin no sabía la verdadera razón por la cual Leontina seguía yendo al cementerio. Por cierto, Leontina nunca había querido a su marido. Al principio, había tenido mucha ilusión con él, porque sus padres la obligaron a casarse con este panadero que venía del mismo pueblo que ellos, Cudillero. Ella recién había cumplido 17 años la primera vez que lo vio, en un baile en la Casa de Asturias, donde fue presentada oficialmente como “la prometida” y, antes de seis meses, ya era su esposa. Aunque con la vejez, su esposo se había calmado un poco, fue violento hasta que un infarto lo derribó como un rayo un día en pleno ataque de ira en la calle con un cliente. Después, pasó quince años siendo una hojita en el viento: le temblaban las manos, las piernas, la voz, las lágrimas.
Cuando el esposo murió, Leontina lo lloró a conciencia, porque según ella era su deber. Ella había sido siempre una mujer reservada y un poco tristona, pero con la viudez se le manifestaron deseos que no le venían desde la adolescencia. Había soportado a su marido con entereza o con cobardía, según cómo se mirara el asunto, y ahora quería conocer el amor. El amor a secas, el de verdad, sin fábulas románticas. ¿Cómo era el amor en serio, el de una persona que sólo desee el bien de uno? Es cierto que ya había superado los 70 años, pero no estaba muerta. Aún no. Y no quería morirse sin conocer el amor.
Asustada, cuando le vino este deseo, lo primero que hizo fue comenzar el tratamiento con el Dr. Borodin, quien le recomendaba salir porque su deseo era muy sano, empezar una vida nueva. No obstante, Leontina estaba muy lejos de ser la clase de mujer que puede anotarse en tours por el país o a Asturias, para conocer viejos como ella. Ni que hablar de ir a la milonga o ponerse a bailar la muñeira a sus años, donde se rompería las rodillas o la garganta aullando elaturuxo. Pasaría el resto de su vida, visitando al difunto en el cementerio, mal que le pese.
Un día, mientras arreglaba la tumba del esposo con fingida tristeza, un hombre de cabello plateado y con bastón se paró delante de la tumba de al lado llorando sin consuelo. Aún no habían puesto la lápida de bronce, tan pronto hacía que la persona había muerto. Leontina miró a ese hombre y su primer pensamiento fue que era un señor atractivo, que a lo mejor aquel deseo de querer enamorarse, ahora la perseguía como un sino. Quitó ese pensamiento de su mente y le pudo el corazón la pena del hombre; se acercó a tenderle un pañuelo.
-No puedo acostumbrarme a que Elisabet esté muerta-gimió.
-Lleva años superar la muerte de los seres queridos.
-No creo que yo pueda.
-Cuando falleció mi esposo… -susurró Leontina.
-No quiero juzgar, señora -dijo el hombre reponiéndose- pero Elisabet era mi hija. Una hija no se quiere como a un esposo. Acababa de cumplir 30 años.
Leontina esperó a que el hombre se compusiera un poco y le ofreció su brazo para salir del cementerio. Amaro Ortiz se llamaba, hacía veinte años que era viudo y su hija vivía con él. Habían sido muy compañeros toda la vida y nunca sospechó que un maldito accidente se la llevaría: sino, no le hubiera prestado el coche aquella tarde para ir por la avenida. Leontina lo vio tan conmovido que le preguntó si podría él conducir esa tarde y Amaro meneó la cabeza: primero se metería en un café a tomar algo fuerte, una ginebra tal vez. ¿Quería ella acompañarlo? Leontina asintió y así nació la amistad entre los dos. Amaro era médico jubilado, había trabajado toda la vida como clínico en los hospitales. Le gustaban los gatos y los perros por igual y tenía tres manto negros -como llamaba él a los ovejeros-, escuálidos desde que había muerto Elisabet que eran quien de verdad se ocupaba de ellos. Leontina y Amaro se encontraban todos los domingos, cada uno con sus flores, salían del cementerio y tomaban una ginebrita él y un café con masitas ella. A la tercera semana de verse, Leontina notó que Amaro se perfumaba con Old Spice. ¿Habría llevado siempre perfume y ella recién ahora lo olía? La cuarta semana el perfume se repitió y a Leontina le dio alegría saber que ese hombre se perfumaba para ella. Hasta le ponía un alfiler a la corbata. Un día tomaron por costumbre pasear por el boulevard y el último fin de semana cenaron en una pizzería la preferida de los dos: napolitana con mucho ajo.
-Por suerte, no tendremos que besar a nadie-dijo con un guiño Leontina.
-Qué lástima. Porque me hubiera gustado besarla.
El Dr. Borodin, esa semana, aplaudió la salida de Amaro y la alentó para que respondiera ella a ese beso que había quedado en el aire. Pero Leontina no paraba de llorar y preguntarse como una quinceañera enamorada por primera vez: “¿Cuánto tiempo podrá él quererme? ¿Cuánto va a durar hasta que se canse?” El Dr. Borodin la retrucó con otra pregunta: “¿No quería usted saber lo que era el amor verdadero? ¿Cuántas oportunidades más cree que podrá tener en su vida?”
A la semana siguiente, ella se rehusó a ir a la pizzería. Le dijo que prefería cenar algo sencillo, unos crepes, por ejemplo. Cuando Amaro la dejó en la puerta de su casa, antes de bajar, ella lo besó en el coche. Leve, apenas. Un caballero distraído hubiera podido creer que el beso no existió o fue un error de cálculo. Sin embargo, había estado calculado. Amaro pidió permiso para entrar a la casa de Leontina. Era domingo por la noche y se fue a el lunes a primera hora de la mañana, porque necesitaba la pastilla para la hipertensión y no la tenía consigo. ¡Había dormido con una mujer! También él hacía mucho que no experimentaba el amor. Leontina telefoneó al Dr. Borodin: ella prefería morir a sentir este desasosiego que era el amor, le dijo. Borodin, medio dormido porque recién eran las siete de la mañana y en verano en su casa dormían todos hasta las diez, le contestó de manera poco profesional: “Déjese de embromar, Leontina. Usted dice que preferiría morir, pero la verdad es que ya no puede vivir sin Amaro”.
Después de eso, Leontina ya no volvió a ponerle flores a su difunto. Nada más lo acompañaba a Amaro al cementerio y esto duró unos meses más, hasta que él decidió que el mejor modo de recordar a su hija era con la imagen que de ella tenía cuando estaba viva.
Volvían por el camino de los cipreses tomados de la mano.
Un tiempo después se mudaron juntos.

miércoles, 17 de febrero de 2016

El encuentro casual

El encuentro casual

Se me hace cuento

Mi amigo Lartes, que vive en Chile hace tres lustros, vino a Buenos Aires recientemente con el único propósito de visitarme. Lo recibí con un mate en mi oficina y mientras miraba los libros que yo había acumulado en los años sin vernos, comenzó la siguiente historia: “No me gusta el avión. Primero crucé a Mendoza en auto y luego, en un recorrido que no quiero detallar, a la Capital en tren. En el asiento de enfrente una mujer –¿debo aclararte: muy bella?–, quizás algo menor que nosotros, leía Las confesiones de Fray Calabaza, de José Mauro de Vasconcelos. Me llamó la atención porque, si bien Vasconcelos es un autor muy conocido, ese libro en particular no es fácil verlo por las calles, al menos en Chile o en Argentina. Por otra parte, la tapa estaba partida a la mitad. Abajo había sido suplida con un pedazo de cartón pintado de gris y pegada con pegamento al trozo restante de tapa original. De inmediato supe que ese era el ejemplar que yo le había prestado a Herrera, en el colegio Mariano Moreno, en septiembre del 82. ¿Cómo había llegado a manos de esa ninfa? Señorita, interrumpí su lectura, no me tome por un insolente, pero si avanza hasta la contratapa, por supuesto sin pispear el final, verá que escrita en birome negra figura una frase de Jauretche sobre un perro y un collar. La mujer primero me miró con miedo, que es la marca de la inseguridad en este país; luego con curiosidad, finalmente alcanzó la contratapa y sonrió asombrada. No entiendo cómo pude haber citado a Jauretche, le expliqué, que era neutral durante la Segunda Guerra. Hoy sin duda hubiera apostillado el libro con una frase de Borges, que fue decididamente antinazi. Pero yo era un adolescente por entonces. En cualquier caso, si sirvió para arrancarle a usted una sonrisa, vale. Ese libro es mío, detallé. Se lo presté a Salvador Herrera en el año 82. La mujer me explicó que el libro pertenecía legítimamente a su ex marido, Yano Pesit, quien lo había comprado en el parque Rivadavia en el año 84; ella ya lo había leído, en el año 91, pero se había encontrado el libro de casualidad en un cajón, mal asignado en la división de bienes, que durante años no había querido abrir, y le habían entrado ganas de releerlo, en parte también por los primeros tiempos felices de aquel matrimonio. No pude más que deducir que Herrera había olvidado regresarme el libro antes de que mis padres me llevaran por primera vez a vivir a Chile, nunca más nos vimos y finalmente lo había vendido en el Parque, a pocas cuadras del colegio. La mujer de pronto se rió. Le pregunté por qué. Sucedía que el libro había sido determinante en su separación. Su por entonces marido le había prestado el libro a un amigo, Ernesto Geradini. Geradini encontró cien pesos adentro del libro y llamó a Yano para decirle, pero se lo dijo a la mujer, que fue quien atendió. Ella le pidió por favor que no dijera nada, ya que marido y mujer habían discutido por esos cien pesos pocos días atrás, los habían dado por perdidos echándose mutuamente la culpa, y finalmente era ella quien los había olvidado dentro del libro. Ernesto aprovechó el secreto para acercarse deslealmente a ella. Yano, le dijo, era gay. Sí, confesó ella, no lo sabía, pero lo sospechaba. En el libro Ernesto dejó un mensaje cifrado de encuentro para ella. Yano interceptó el libro antes de que ocurriera algo y, efectivamente gay, de todos modos molió a golpes a Ernesto, por desleal. Quieras que no, me dijo finalmente la mujer en el tren, estoy yendo a devolver el libro a la casa del arquitecto Ernesto Geradini. ¿De modo que entre ustedes dos finalmente ocurrió algo, que duró tanto tiempo como desde cuando cien pesos valían una discusión? No, me dijo: entre Ernesto y Yano. Son pareja según la ley de matrimonio igualitario. Bueno, dije, deberías devolverme el libro a mí, que nunca dejé de ser su dueño, pero te lo dejo a cambio de tu teléfono. No, dijo ella, debo devolverlo a quien me lo prestó, aunque ahora involuntariamente, mi ex marido. En todo caso, vos deberías acercarte a la casa de Geradini y explicarle la situación. Ya ves lo que pasa cuando no se devuelven los libros. Me dio su mail, pero no me dijo cómo se llamaba: me advirtió que es un dato que sólo me brindará si me gano su confianza. Todavía no me contestó. ¿Me podés prestar ese libro?”, preguntó Lartes.   –No –dije– Mejor compratelo. 

lunes, 15 de febrero de 2016

La alegría del amor por venir


De la mesa, como del amor, hay que saber retirarse a tiempo para no ver las sobras”. No sé a quién pertenece la frase, pero tal vez eso sea lo de menos. Es demoledoramente veraz, redonda, perfecta. Pocos espectáculos hay tan tristes como el de asistir al naufragio de lo que alguna vez fue un amor; ese momento en que dos seres que compartieron la mayor de las intimidades, pariendo sueños, futuros e hijos, se enfrentan, como dos perfectos desconocidos, mirándose sin reconocerse, echándose en cara las acusaciones más tremendas, preguntándose en silencio en qué momento empezó a hundirse todo, cuál fue la señal, quizás imperceptible, que encendió esa alarma que ninguno de los dos pudo o quiso escuchar. Ahí, cuando del barco ya no quede casi nada a flote, y no haya bote salvavidas capaz de abrigar a esos dos cuerpos fatigados por el inútil combate a que los arrojó el desamor, flotarán, jirones de otra vida, la memoria de los instantes en que fueron felices. Esos instantes en que la vida era tan plena y tan diáfana que el horizonte ni siquiera se divisaba, tan lejos quedaba, allá en un futuro sin cabida para las tempestades. Pero he aquí, al cabo de unos años que parecen siglos, a estos dos fantasmas, sombras de los enamorados que fueron.
¿Y por qué justamente en vísperas del Día de San Valentín, traer a cuento un cuento de desamor? Porque dejar atrás un mal amor, o un buen amor al que el tedio, la rutina o las circunstancias fueron desmigajando, no es más que la posibilidad de abrir las puertas y el corazón a un nuevo amor por venir.
Silvia Fesquet
sfesquet@clarin.com

domingo, 14 de febrero de 2016

Mil y un besos en San Valentín

Mil y un besos en San Valentín



Es información pura y confidencial la del beso. Afortunado o afortunada quien la guarda. Beso robado, beso apasionado o beso fugaz. Beso jamás olvidado. Sólo los amantes conocen la cifra del beso. Lo condimentan. Lo esperan con letras de sal. Besos de terciopelo. Besos prohibidos. Besos que empujan la sangre. Besos que anticipan. Besos que descomprimen. Beso test. Beso que pronostica. Beso dado por única vez. Beso del último beso. Si es dulce, largo y suave promete eternidad. Si es tembloroso o apresurado aviva dudas. Seco, mata culpas. Jugoso, sube la apuesta. Con ojos cerrados indexa. Con ojos abiertos no es beso. Beso a oscuras. Beso que no se equivoca. Beso en ayunas. Beso de bar. Beso sorpresa. Beso de sillón. Beso con instrucciones. Beso como huella digital. Besos en el tren. Besos bajo la lluvia. Besos de foto. Besos callejeros. Besos de lima y maracuyá.
Besos confundidos. Besos arrepentidos. Besos devaluados. Besos que macanean. Besos que piden permiso. Besos oxidados. Besos desparejos. Besos a cualquier edad. Trampa irresistible la del beso. Divino pecado original. Besos que alimentan papilas gustativas. Memoria indeleble la del beso. Gimnasia que delata. Sonrisa bucal. Besos de Cinema Paradiso. Besos de colección. Besos cómplices. Besos envidiados. Besos cardíacos. Besos que dejan marca. Besos de despedida. Besos invisibles. Besos que se dan a dos metros. Besos que duermen en la almohada. Besos que despiertan. Besos de celular. Besos que se escriben con mua. San Valentín de los buenos besos. Ruega por nosotros.
Magda Tagtachian
mtagtachian@clarin.com

Insufribles todo terreno

Insufribles todo terreno

Pasiones argentinas.Alberto Amato

Como ya saben, estamos dándoles batalla a los insufribles que te arruinan el placer y asesinan tu pasión por vivir. Por ejemplo: estás en la cola del cajero automático y el que está adentro paga el gas, la luz, el teléfono, el agua, los impuestos, el club, el colegio de los chicos, una vieja deuda de Pedro de Mendoza por estacionamiento de carabela; saca plata, deposita, pide saldo, chequea, verifica; saldrá hora y media después, mirando a los estúpidos que esperan con cara de “qué persona tan ocupada soy”.
Esa es la clase de gente que no quiere que vivas bien: no cierra la puerta de los ascensores, riega las plantas del balcón cuando pasás por abajo, habla a los gritos, no saluda, no sabe decir “por favor”, quieren ser primeros en todas las colas, cree que su estupidez es autoestima; son fieles defensores del “de vos, me importa un pito”.
Junto a ellos brilla también el desalentador profesional, que frena cualquiera de tus intenciones. Te prometiste un día al aire libre: “Va a llover; bah, no sé, lo escuché en la tele”, dice el insufrible. Anunciás tu intención de volver, de a poco, al gimnasio: “Cuidate: a mi primo le estalló el corazón”. Te vas de viaje y el tipo te recuerda el último atentado terrorista contra una línea aérea.
Y estos son sólo dos ejemplares de una fauna numerosa y variada, que parece procrearse con cierta facilidad. Tienen esa pulsión irrefrenable que esgrimen para joderte la vida: ¿es consciente, o actúan por instinto? Porque si es a conciencia, la batalla será larga. Pero si es por instinto, estamos perdidos.
Alberto Amato
alberamato@gmail.com

viernes, 12 de febrero de 2016

Exploradores de la alegría


Lucas tiene 17 años y suele llevar una remera que en inglés dice algo parecido a: “Soldado de Dios”. Hace unas pocas semanas el patovica de un boliche de Costanera se rió un rato largo cuando al registrar su mochila encontró un Evangelio. Claro que él intentó explicarle que venía de una reunión de preparación de un campamento y antes de eso de compartir la tarde con chicos a los que les enseña a armar carpas y hacer nudos, pero al hombre le hizo gracia la situación y se apuró a franquearle la puerta seguro de que se lo merecía.
Como él, otros cientos de jóvenes dedican varios días por semana después del trabajo o la escuela y las tardes de los sábados y los domingos a formar a otros más chicos que ellos en las virtudes del ser explorador, el amor a Dios y a los demás, el respeto por la naturaleza para cumplir la enseñanza de Don Bosco: “Estén siempre alegres”. En el verano reparten las vacaciones de sus primeros trabajos entre unos pocos días de descanso y un campamento en el que algunos de esos pibes a los que coordinan cada sábado tendrán la única oportunidad de sus vidas de conocer el mar o la montaña. Este año los Exploradores Argentinos de Don Bosco cumplieron 100 años de actividad y lo festejaron con un desfile por las calles de Almagro, el barrio en el que nacieron por impulso de Lorenzo Massa, el mismo cura que fundó San Lorenzo. La fiesta concluyó en enero con unos 1.500 chicos de batallones de distintos lugares del país se juntaron en un megacampamento en Luján para compartir su experiencia del “Siempre Listo”.
Eva Marabotto
emarabotto@clarin.com

jueves, 11 de febrero de 2016

Los Rolling no pasan de moda

Los Rolling no pasan de moda



No actualizo mi guardarropa muy seguido porque no tengo que aparecer en público por mi trabajo. Me fijo, eso sí, en lo que se usa por el hábito de observar que tiene nuestro oficio.
En la entrega de los Oscar, Globo de Oro, Goya o Martín Fierro vemos actores de fama universal embutidos en unos trajes de indudable calidad, pero dando la sensación de que les quedan chicos.
Los pantalones justos, muy justos, más que bombillas; los sacos cortitos y entallados; los zapatos puntudos en homenaje al scarpe italiano llevado al extremo. No hablemos de la entrega de los Balones de Oro donde los futbolistas muestran sus galas. Es más que evidente que para vestir a la moda hay que ser joven y todos tener el cuerpo de Cristiano Ronaldo o el Pocho Lavezzi.
Nuestros animadores o presentadores de la TV no son insensibles y parecen estar bastante avisados de lo que se usa, pero no siempre se sale airoso.
La moda es una tiranía que nos domina por la necesidad de imitar. Viví la época en que todos queríamos tener unos jeans como James Dean en “Rebelde sin causa”, gastados pero no de cualquier manera, el uso y el roce de las manos aclaraban la tela de mezclilla.
Ahora los jeans ya viene gastados o bien se los gasta hasta romperlos para que se vea un poco la piel de una pierna. Lo nuevo tiene que parecer viejo, es tan ridículo como los viejos que se visten como adolescentes. Los únicos que se salvan son los Rolling Stones, porque son eternamente jóvenes como Peter Pan.
Cristóbal Reinoso (Crist)
cristdibujos@gmail.com

miércoles, 10 de febrero de 2016

Evocación del Flaco Spinetta

PASIONES ARGENTINAS. A cuatro años de su muerte.


El apenas había empezado la secundaria cuando conoció a ese tipo que le dio las primeras lecciones sobre los alimentos del alma: qué libro leer, con un disco de tapa verde que se llamó Artaud. Qué música escuchar, con su Muchacha ojos de papel. O el que también le había enseñado que no hacía falta pedir permiso para entrar al universo de la poesía, que la única muralla para saltar era uno mismo. Y el que, más cerca en el tiempo, le enseñó a perderle miedo a la muerte, cuando dijo “voy hacia una curación definitiva”.

Los años pasaron. Los adolescentes se transformaron en adultos. Pero la pasión por El Flaco siguió igual, era inoxidable. Eterna.

En eso estaba pensando cuando recordó la frase de su amigo Cacho, que había dicho que cuando se muriera quería que lo llevaran a la Chacarita, a la misma tierra que Gardel y el General Perón. Cuando la enfermedad lo venció, la última voluntad de Cacho se cumplió y fue a dormir junto a sus próceres.

Algunos años después, un 8 de febrero de 2012 cuando él estaba de vacaciones se enteró por un mensaje de texto que le envió su hijo que había muerto Luis Alberto Spinetta.
Meses más tarde, tomado por una conmoción que no terminaba de sanar, pensó: “Mi querido amigo Cacho, voy a adaptar tu ejemplo, sé que me vas a entender. Vos con tu Gardel. Yo con el mío”.

Y se imaginó que cuando ese mismo momento le llegara, su lugar fuera de este mundo tendría que estar en las aguas del Río de la Plata, lo más cerca posible de la esencia de aquel genio flaquito que había inspirado las mejores cosas de su vida.

martes, 9 de febrero de 2016

El amor sin red aún es posible


Tarde de verano, con 34 grados a la sombra. Charla morosa de seis amigas, gaseosas heladas y café mediante, al lado de la pileta. Pasan la política, las vacaciones, los estrenos de cine, la colonia de los chicos, las relaciones familiares. Surge el tema del reciente romance de la compañera de trabajo de una de ellas. ¿Y cómo se conocieron?, aparece la pregunta de rigor. “Por Internet”, contesta quien aporta la noticia. ¿”Dónde vas a conocer gente hoy en día si no?”. La respuesta me deja ligeramente perpleja. Y me la voy repitiendo en voz baja a la hora de la retirada. ¿Dónde se la conocía antes de la Web, las redes sociales, los celulares, los relojes inteligentes, las Apps?
Indudablemente la gente se encontraba, se enamoraba, se casaba o convivía, se separaba también, y se reproducía. La humanidad no se extinguió, la Tierra no quedó despoblada. Antes bien, la cantidad de habitantes creció de manera exponencial sin necesidad de clickear frente a una pantalla como obligado paso previo al romance: todos nosotros somos consecuencia de las parejas que se armaron entonces.
Queda claro que, hoy por hoy, gran parte de la vida se resuelve por Internet: los trámites bancarios, la reserva de restaurantes, la contratación de hoteles, la compra de pasajes, y casi todo lo demás. ¿Pero también el amor? ¿Así, sin cortejo, sin esos cruces de miradas que incendian el aire, sin esos roces como al descuido, sin esa voz que nombra nuestro nombre como sólo esa voz puede hacerlo?
Disculpen pero para mí, todavía, el amor es sin red.
Silvia Fesquet
sfesquet@clarin.com

Acuarela de Brasil

Pasiones argentinas.Fernando Soriano


Por:
La revolución sutil de João Gilberto y Tom Jobim. El eco de las olas que se (con) funde con el ruido que hace la lata de Skol cuando se abre. La compleja simpleza de Caetano. Una noche estrellada o nordestina (son lo mismo). Escuchar “beleza” cada seis palabras. Ver pasar a la Mangueira y su máquina del ritmo. Dejarse llevar en la marcha infinita de borrachos que borra a los ricos y a los pobres y a los desahuciados y pone todo en una sola pieza que se llama Carnaval.
Un 2 de febrero en Bahía para venerar a Yemanjá. La lengua popular de Chico Buarque. Las cariocas: bonitas, doradas, modernas, expertas, directas, alegres, atentas, tan sexys, tan claras, como dice Calcanhotto. Las gambetas danzarinas de Neymar y Ronaldinho.
El swing de Djavan en Flor de lis. La camiseta de Flamengo y los fantasmas del Maracaná (zo). La arena de la playa Lopes Mendes y su contraste con el mar o el cielo, que sólo ahí son lo mismo. Gal, Marisa, Elis, Bethania y todas las voces femeninas que son un gemido de la tierra.
La garota de Ipanema y el resto de los versos y garotas de Vinicius de Moraes. La sonrisa de la mulata cuando cocina el feijao. La lluvia con sol. Y las lulas con sal (y limón). La arquitectura poética de Niemeyer. Y la poesía arquitectónica de los concretos. Si Arnaldo Antunes escribió “todas as coisas do mundo não cabem numa ideia. Mas tudo cabe numa palavra”, podríamos decir: Todas las cosas del mundo no caben en una idea, pero todo cabe en Brasil. Esa pasión argentina.
Fernando Soriano
fsoriano@clarin.com

viernes, 5 de febrero de 2016

Confesiones entre mujeres

Confesiones entre mujeres


A la mesa, cinco mujeres de entre 40 y 50. Todas profesionales más bien exitosas. Es el cumpleaños de la dueña de casa y la excusa perfecta para pasar revista a la situación laboral y sentimental de cada una: los hijos, los maridos, los novios, los jefes y jefas, el mantenimiento de la casa ...
Patricia, ejecutiva, se queja del estrés y del poco tiempo que le queda para estar con su hijo; Lorena comparte su frustración porque ninguna relación le dura más de dos meses; Mónica, docente, está harta de manejar de una punta a la otra de la ciudad para llegar a sus clases. Alza la voz Susana para cambiar el clima y describir la ropa que trajo de su último viaje a Miami. Cristina cuenta que le gustaría arrancar con una maestría el año próximo, pero teme que no le den los horarios.
Entonces, vaya a saber por qué extraña asociación, Andrea, economista, reflexiona en voz alta: “Lo que no puedo creer es lo de Vicky Rodríguez”. Ante las miradas atónitas explica: “Vicky Rodríguez, la abanderada de mi colegio, la mejor compañera, la más linda, la primera que aprendió a delinearse los ojos ... Todas queríamos ser como Vicky Rodríguez. ¡Nunca salió de Lanús! Vive en el mismo barrio. Trabaja de profesora de gimnasia en el mismo colegio. Se casó con un compañero de la división, el novio de toda la vida ... ¿Cómo puede ser?”
Bueno, tiene tres meses de vacaciones, dice una. Encontró el amor muy chica y lo pudo mantener, opina otra. Hasta que la tercera tira la frase demoledora: seguro que es más feliz que nosotras.
Graciela Baduel
gbaduel@clarin.com

jueves, 4 de febrero de 2016

Apropiarse de Buenos Aires

Apropiarse de Buenos Aires

Pasiones argentinas.Adriana Schettini

Cómo no amar la Ciudad en la que naciste y creciste? ¿Cómo no amar la Ciudad donde vivís desde siempre? No hay modo. Pero si la ciudad es Buenos Aires, ese amor tiene picos estacionarios. En temporada primavera-verano, se convierte en pasión, pura y dura. Apenas ves un jacarandá alegrando las calles con sus flores violeta, si por vos fuese, pasarías mañana y tarde caminando sin prisa, mirando el cielo diáfano sobre el que se recortan siluetas de edificios que parecen dibujados. A jornada completa pasearías por las veredas alfombradas con esas flores amarillas que caen de los árboles. Noche y día andarías deambulando a tu antojo sin más ocupación que mirar. Mirar y nada más.
Mirar cómo se consolida ese clima que combina el aire de fin de curso con las vacaciones soñadas. Ves más gente corriendo al aire libre. Más tertulias en las mesas de la vereda en los bares. Más bullicio de adolescentes disfrutando, entre risotadas, el verano.
En enero y febrero, el perfume de los tilos se te antoja afrodisíaco y le decís a Buenos Aires: “Al fin, solos”. Te largás por sus calles desiertas a disfrutar la calma. Les deseas muy felices vacaciones a quienes van a la playa, la sierra o la montaña y les agradecés la atención de dejarte vivir en paz tu romance porteño. Sin bocinazos ni colectivos atestados. Sin multitudes haciendo fila. Es toda para vos la Ciudad en verano, con sus días largos y sus noches abiertas, pese a al calor. De puro solidario, deseás entonces que quien no vive en Buenos Aires tenga la dicha de venir a visitarla cuando más bella está: en primavera y en verano.
Adriana Schettini
aschettini@clarin.com

miércoles, 3 de febrero de 2016

Los tangos en blanco y negro


Noche de febrero en Buenos Aires. Treinta y pico de térmica. Regreso a mi casa rogando tener luz. Al llegar, enciendo la radio y la cocina se estremece con una voz desesperada, que me canta: “Llorás por dentro, todo es cuento, todo es vil.” Es el tango “Desencuentro”, hit ideal para el sopor del verano porteño. “Quisiste con ternura, y el amor te devoró de atrás hasta el riñón”. ¿Incitación al corchazo? ¡No, peor! El cantor advierte: “Por eso en tu total fracaso de vivir, ni el tiro del final te va a salir”. Y así, en ese callejón sin salida, termina el tango, ese “amigo que me sabe esperar” como diciendo: “¿Viste que al final tenía razón?”.
Tengo edad suficiente para que el tango se haya cansado de esperarme. Los que me gustan, me gustaron siempre, desde que era chico y en mi casa se escuchaban y se bailaban. Lo otro tiene mucho de regodeo en la herida, cantores con ataques de nervios y nostalgia de un mundo que nunca viví. La imagen del televisor en blanco y negro con la orquesta de D´Arienzo y sus gestos ampulosos la recuerdo grotesca. Para los adolescentes de los 60 el tango era eso; el mundo en blanco y negro. Para completarla, nunca faltaba el tío “amargo obrero” que te acariciaba la cabeza mientras te decía: “Ya vas a ver pibe, el tango te va esperar”. ¿Me seguirá esperando ese tipo sombrío apoyado en un farol que ya no existe, en la esquina de un barrio ahora peligroso? No lo creo. Por las dudas, si lo llego a ver, me cruzo de vereda. Mientras tanto, yo espero ansiosamente a otros amigos. Mañana -¡loado sea el Señor!- llegan los Rolling Stones.
Juan Carlos Diez
jdiez@clarin.com

domingo, 31 de enero de 2016

Mucha fiebre

Mucha fiebre

Yo no quería venir a Valizas, por ejemplo, por el olor metálico del agua de pozo. Hubo un tiempo en que ese tipo de cosa no me molestaba, incluso me resultaba atractivo, pero ya estoy cerca de los cuarenta y necesito cierto grado de confort para poder disfrutar de cualquier actividad. A mi hija parece no importarle la precariedad. Tiene tres años y está en el fondo, a la sombra, jugando con un bebé de goma. Le está escuchando el corazón con un estetoscopio rosado que le regaló la abuela para navidad. Me dice que el bebé está enfermo. Mi hija cargó agua en un baldecito de plástico de los que lleva a la playa y cada tanto moja un paño y lo pone sobre la frente del bebé de goma. Entonces le pasa la mano por la cabeza y le canta una canción de cuna. – ¿Estás enfermo?– me dice. –Estoy sanito. –¿Querés que te cure?– me dice, y le digo que sí, que me duele la garganta y el pecho. Abre su maletín rosado de doctora y dejo que me revise. Me pone el termómetro rosado bajo el brazo y me pide que abra la boca bien grande. –Ahora acostate en la camilla– me dice. El piso está cubierto de arena y sin embargo apoyo la cabeza y cierro los ojos mientras mi hija me escucha el corazón. Mi mujer se asoma a la puerta y dice que va para lo de Tita. Le pregunta a Emma si quiere ir.
–Primero tengo que curar a papá. Tiene mucha, mucha fiebre –dice mi hija aunque todavía no miró el termómetro.
En su maletín rosado de doctora tiene una jeringa rosada para aplicar los remedios, pero ella prefiere los paños fríos. Le saca el paño al bebé, lo moja en el agua del balde, lo pone sobre mi frente y dice que me quede quietito. Unas gotas me caen por la cara y puedo sentir otra vez el olor metálico del agua de pozo. Le digo que me duelen los ojos y entonces, cuando se acerca a revisarme, puedo ver su cara recortada contra el cielo celeste del mediodía. No hay nada más hermoso. Los ojos grandes y verdes como los de la madre, la piel dorada, el poroto de la nariz y la sonrisa, la más luminosa perfección. Todo el mundo lo dice, no es sólo un delirio de padre. Creo que podría darme cuenta si no fuera tan hermosa, como puedo, por ejemplo, reconocer que no es muy coordinada para el baile y que otras compañeras del jardín bailaron mejor que ella en la coreografía de fin de año. –Ya estás curado– dice y me da un beso en la frente. Salimos a caminar por la playa. En ese rancho vivía la chica argentina que mataron el año pasado, pienso. Se puede ver el techo a dos aguas y una ventana cerrada. Pienso que podría decirle eso a mi hija, decírselo con las mismas palabras con las que lo pensé. No creo que le afecte esa información, podría contarle todo y ella lo olvidaría por completo en los siguientes quince segundos. De todas formas, decido no hacer el experimento. Caminamos en silencio trescientos metros y antes de llegar al arroyo nos detenemos, mi hija y yo, y hacemos un castillo en la arena húmeda, una construcción estupenda decorada con caracoles y ornamentos góticos, y una fosa profunda para protegerla del agua y del peligro en general. Cuando terminamos, mi hija corta tres palitos de distintos tamaños y los clava en la torre mayor.
–Vos y yo y mamá– me dice. Noto que se adjudicó a ella, y no a su madre, el palito mediano, y hubiera pensado en eso, quizá hubiera elaborado una teoría psicológica, una explicación de esas que resultan tan redondas y accesibles, si en ese momento no hubiera irrumpido el ruido de un helicóptero, un aparato viejo de la Prefectura que pasa en vuelo rasante de Este a Oeste, tan cerca que se puede sentir el viento cálido en la cara.
Mi hija me aprieta la mano y siento la necesidad de alejarnos. Cruzamos el arroyo en bote y subimos a las dunas más altas. Quedamos parados en el filo, y nos dejamos asombrar por el paisaje: se puede ver todo el pueblo, y la playa, y nuestro castillo todavía firme en la arena. Después bajamos a las corridas gritando fuego, fuego. En la base de la última duna, cerca de una roca gigante, se ve un bulto negro.
–¿Sabe qué es eso, señor? –me dice un niño de unos nueve años que aparece por detrás. –Parece un pájaro muerto. –Vamos a ver– me dice. Mi hija me toma de la mano mientras nos acercamos. No sé qué tipo de pájaro será, nunca vi algo así. Es del tamaño de un cisne, el plumaje negro y ampuloso. No tiene cabeza.
–Vamos más cerca– me dice el niño y mira en dirección a la roca.
Puedo distinguir las manos de otros niños escondidos detrás de la roca y la tanza sobre la arena y entonces el pájaro negro mueve un ala para adelante y para atrás. No deja de moverse y Emma me pide upa y empieza a llorar. Una niña y un niño salen de atrás de la roca.
–No te asustes, era una broma– le dice la niña a Emma y le muestra la tanza atada al ala. –Era de juegüito. –¿Qué pájaro es?– pregunto. –No sé. No tenía cabeza. Mi hija me pide que la baje a la arena y se acerca al pájaro. –No tiene cabeza, le voy a contar a mamá– dice y se larga a reír.
Emma quiere tocar la parte donde debía estar la cabeza pero la herida está llena de moscas y no la dejo meter la mano. Ya es hora de salir del rayo directo del sol, y sin embargo siento que tengo que ayudar a los niños a desarrollar su truco.
–¿Tienen más tanza?– les pregunto.
Vamos detrás de la roca y me muestran una caja de plástico con tanza y otros accesorios de pesca.
–Hay que atar las dos alas con la misma tanza y llevar el otro extremo hasta la roca.
Probamos con el bicho en distintas posiciones hasta que todos estamos de acuerdo en que la ilusión es perfecta: el pájaro bate las alas simultáneamente como si quisiera largarse a volar.
–Otra cosa– les digo. –No vayan a buscar a la gente. Dejen que se arrimen por su cuenta y entonces zas, los agarran desprevenidos.
Me invitan a quedarme a jugar pero el sol pega fuerte y Emma empieza a pedir por la mamá y a decir que quiere tomar jugo de manzana. -Otro día –les digo. Me saludan y puedo notar que están genuinamente agradecidos por las mejoras que aporté a su truco.
Esperamos el bote para volver a cruzar. Se puede ver nuestro castillo del otro lado del arroyo. ¿Por qué se habrá adjudicado el palito mediano?, pienso. En realidad, no había tanta diferencia entre el palito mediano y el pequeño, un centímetro a lo sumo, pero cuando los clavó en la torre de arena y les adjudicó su correspondencia, hundió al pequeño más de la cuenta, como si quisiera enfatizar la diferencia de estatura con ensañamiento.
Hay un perro negro husmeando cerca de nuestro castillo. Arrima el hocico a la torre mayor y pienso que en un segundo puede destruirlo todo. La miro a Emma: no parece haber visto al perro, y si lo vio no demuestra ninguna preocupación. Se escucha una orden, un grito agudo que proviene de la orilla, de una señora con una malla entera color beige, y el perro se aleja del castillo. Corre en dirección al agua y chapotea a los pies de su dueña.
-No tiene cabeza el pájaro, le voy a contar a mamá –dice Emma cuando está llegando el bote. -Sí, hay que contarle a mamá –le digo. -Yo quiero ser el capitán del bote rojo –me dice. –Voy a contarle a mamá que soy el capitán del bote rojo.
Ganó la 18° edición del premio por su obra “¿Qué se sabe de Patricia Lukastic?”. Es autor del libro de cuentos La caricia como método de tortura (2007) y de la novela Rugby (2010).

sábado, 30 de enero de 2016

La enseñanza de una abuela

La enseñanza de una abuela

Pasiones argentinas

Mi abuela Porota le daba un beso al pan antes de tirarlo. Era pan viejo que por alguna razón que no logro desentrañar ya no servía ni para rallar ni para el budín. A mí me llamaba la atención. ¿Por qué lo hacía? La abuela me lo explicó un mediodía: “Porque el pan no se tira, el pan es sagrado, y cuando no queda más remedio que tirarlo, hay que darle un beso para que no falte”. La abuela se había criado en un campo de Mercedes. Era la mayor de los tres hijos de un peón al que terminaron matando en una reyerta de pulpería y vivía en un rancho de adobe. 
De su infancia me contó dos cosas: que una mañana se levantó para ir a la escuela, metió el pie en una alpargata y tocó la piel fría y rugosa de un sapo (y por eso, de grande, aunque era capaz de perseguir cualquier tipo de alimaña, le seguía teniendo miedo a los sapos) y que, en la pobreza más despojada, con sus hermanos jugaban a las visitas en una casita que hacían así: con un palo marcaban un cuadrado en la tierra y otro cuadrado más chico atrás, a cuatro o cinco metros. Y el cuadrado grande era la casa. Y el chiquito, el que quedaba lejos, era el baño. Y cuando llegaba una visita a la que no querían ver corrían al cuadradito del fondo y se quedaban parados ahí, entre las marcas del piso, para hacerse “invisibles”.
Pienso en todo eso cuando estoy ante el tacho de basura, a punto de tirar un pan. Y entonces miro alrededor, me aseguro de estar solo, y le doy un beso. La abuela no pudo terminar la primaria, pero eso nunca tuvo nada que ver. Todos dejamos huella.